19/10/07

APARICIO


La tristeza alegre
rebalsa mis ojos.
Aparicio se fue a jugar
al jardín de al lado.

Dice un vecino, que murió.
No le creo nada.
Seguramente,
esta criatura peluda
devolvió su abrigo a la pachamama
y fue a corretear un hueso de algodón
que arrojó un ángel.

Lo que no entiendo
es este llanto.

Era el guardián de mi soledad.
Era
la mirada inocente, curiosa.
Era el perro más tonto del barrio.

Sigo sin entender este llanto.

Era quien escuchaba mis versos
después de dar cuenta de los fideos con carne.
No tenía alternativa.
Era el único quiltro que veía
del otro lado de los cristales.
Era el transporte público de tantas pulgas
que reclamaban mis visitantes.

Mermó el sollozo.

En su penthouse de sillón abandonado
orgulloso y a buen resguardo
vigilaba bajo los árboles.
Los niños, quienes más agitaban su rabo
se divertían con su caminar enredado,
más aún, con su carrera de potrillo corralero
de medio lado.

Suspiro.

Echado en la terraza
dejaba que los gorriones y los zorzales
bebieran de su agua.
Cuando bajaba al villorrio
me perseguía hasta donde don Chano
y regresaba a la cobija
para su cuidado.

Sonrío.

Perrocaballololobo
compañero de dos inviernos
compartimos la luna
el silencio
la escasez
y los invisibles, y
como siempre
me llevas la delantera.


MARIO BARAHONA
A la memoria de Aparicio, el perro que miraba a través de los cristales.